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Entrevista a la Lic. Adriana Testa - Adicciones

Lic. Blanca Musachi
Artículo publicado en el Boletín Nº3
de la Fundación Puertas Abiertas, Septiembre de 2001

P.A: Sabemos que las drogas existen desde tiempos remotos con distintos usos a lo largo de la historia. En el diario La Nación del 22/7/01 apareció una nota con el título de "Cazadores de sueños", a propósito del escritor alemán Ernst Jünger, que nos interesa porque presenta un intento de pensar la relación entablada con las adicciones en los tiempos modernos. Dicho autor afirma que los adictos, impulsados por una sed de absoluto, se refugian en paraísos artificiales para compensar la desolación moral en que viven. Ud. es responsable -ya desde hace varios años- de un grupo de investigación sobre el tema de las adicciones. ¿Qué diagnóstico puede hacer desde el psicoanálisis de la relación del sujeto a la droga hoy?
R: Desde el psicoanálisis, un diagnóstico sobre la relación del sujeto con la droga, en términos generales, no es posible. El recurso a la droga, mientras funciona, bien es una solución, y cuando deja de serlo, entonces ya no se trata sólo de la relación con la droga, dado que se abre, en esa relación de necesidad imperiosa, otra instancia, la de las preguntas: ¿por qué lo hago? ¿por qué no puedo dejar de hacerlo? ¿por qué quiero estar todo el tiempo colgado? Via regia, en la práctica psicoanalítica, para comenzar a desplazar "la droga" (entre comillas) del lugar de causa de la adicción. Este es un viejo tema, caro al psicoanálisis desde la época de los primeros postfreudianos que dedicaron su atención a la adicción a drogas y alcoholes.
Digo "la droga" entre comillas, porque hay que advertir que ése es un lugar común que designa una bolsa indiferenciada de drogas, a pesar de que hay distintos tipos de sustancias y múltiples usos. En todo caso, lo que se ha generalizado hoy es la búsqueda de un mismo efecto: apaciguar la angustia, la tristeza, el vacío ligado a la existencia y la desorientación, el hastío, la desidia. En el siglo XIX, los psiquiatras que investigaron sobre este tema, y que ya habían dado un lugar a las pasiones en el tratamiento moral de las patologías, no dudaban en considerar que éstas indicaban la razón que explicaba una vía de escapes o huida como la que ofrece el consumo de drogas.
Sin embargo, hoy este aplanamiento está en consonancia con el fenómeno de la "medicalización" en el modo de ordenar y clasificar los disfuncionamientos sociales y, sin duda, con la circulación masiva de los psicotrópicos (proporcional a la escala industrial de su producción, a partir de la década de los '50). En la variación de los usos, es cada vez más excepcional la búsqueda de nuevas experiencias sensoriales (perceptuales, auditivas, de un gozo inefable) como lo fue el consumo de drogas en la época de la contracultura, durante los años '60, o la búsqueda de la expansión de la conciencia a través del "laboratorio de la mente", con el LSD. Jean-Francois Solal, en un estudio incluido en el libro Individuos bajo influencia, observa que hoy no se consume heroína (se refiere a Francia) en busca de un flash, sino para apaciguar la angustia. Lo mismo podemos decir, aquí, del consumo de cocaína para mejorar un rendimiento, en determinados círculos sociales. Tanto en un caso como en el otro, se trata de una automedicación para anestesiar un sufrimiento moral, o bien para alcanzar una buen nivel de adaptación. Otro es el caso del uso de la marihuana en los ritos de iniciación social en los jóvenes. Insisto, hay múltiples usos, a pesar de ese aplanamiento propio de una epidemia social.
Filósofos como Peter Sloterdijk y Giorgio Agamben, y también el sociólogo Anthony Giddens, plantean el recurso a la droga como un modo de suplir la ausencia de experiencias existenciales propias, insertadas en la vida cotidiana y que den un sentido a la vida. "la experiencia secuestrada" dice Giddens -tomando las palabras de un poeta-. Sloterdijk, en Extrañamiento del mundo, concibe la adicción (a la que diferencia del consumo de drogas como parte de un ritual de éxtasis o de embriaguez) como una "dialéctica de huida y búsqueda de un mundo", y cita extensamente el libro de Jünger al que usted hace referencia, Acercamientos. Drogas y ebriedad, del año 1973, ahora traducido al español.
Desplazar la sustancia del lugar de causa significa, en primer lugar, advertir que cuando alguien dice de sí "yo soy toxicómano" o "adicto" o como fuere que defina el consumo de drogas al que está ligado compulsivamente, apela a un nombre dado por el Otro (a "un nombre de hierro", dice Jacques Lacan, en algún lugar) para definir su ser y también para justificar su vida. En tal sentido, esa clasificación es un estabilizador, es decir, mantiene compensada una situación en la vida de alguien que de no ser así, sería aún peor. Sin duda, esto es paradójico, tan paradójico como el circuito sin salida de  placer / displacer en el que queda atrapado. Con esto quiero decir que para un psicoanalista que quiere que alguien se arriesgue en la aventura de la palabra -o en su travesura como diría Macedonio Fernández-, siempre se trata de otra cosa, también en los casos más extremos. Hay un cuerpo comprometido, un cuerpo sexuado, abierto y cerrado por sus orificios. ¿Qué hay de eso en lo que alguien relata sobre su relación con las droga? Esta pregunta orienta en la cura de un adicto, pone en evidencia que el consumo compulsivo de drogas, cualquiera sea el modo en que se lo realice, es un efecto que nada indica sobre sus causas.
Mientras su recurso a la droga funciona, el toxicómano es parte de una epidemia que se expanden los circuitos clandestinos por los que circulan las drogas, como parte maldita de una economía cuyas variables no son sólo la conservación y la producción de bienes.

P.A.: También se ha dicho hace bastante tiempo que en los Estados Unidos los programas terapéuticos para adictos basados en acentuar, rescatar la función de la familia, han fracasado. Sin embargo, en la psicologización de los medios masivos se insiste en ello como si la causa y salida estuviera en los lazos familiares. ¿Cuál es su posición al respecto?
R: muy brevemente contesto con la respuesta que le dí al padre de un adicto a drogas, un joven de 30 años, que me pidió una entrevista por su hijo.
El hijo no estaba dispuesto a hacer ningún tratamiento que no fuera individual. No obstante, el padre me preguntó si tendría algún valor terapéutico hacer un tratamiento familiar.
Ésta fue mi respuesta: ¿El hecho de que hayan compartido un mismo techo, que a veces se extiende hasta el lecho, hace que la adicción de su hijo sea un problema común al resto de la familia? Lo que a usted le pasa con el hecho de que su hijo se drogue, ¿qué tiene que ver con lo que le puede pasar a su mujer o su propio hijo que encontró ese recurso?
La condición "bajo el mismo techo" o "la intimidad del lecho familiar" da lugar a juegos de implicaciones y complicidades, sin duda alguna; pero precisamente, para poder abrir esos juegos, para poder encontrar una salida al "problema familiar", y no hacer de esto una fatalidad del destino, será necesario que cada uno se vea con su propia cuenta en la vida.

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