Puertas Abiertas - El psicoanálisis a su alcance  
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Respuesta a El libro negro del psicoanálisis


Por Graciela Avram
Viernes, 6 de abril del 2007, Revista Noticias

Un conocido espectáculo que lleva décadas se presenta como “La nostalgia está de moda". En el caso de los supuestos innovadores que pretenden tirar por la ventana al psicoanálisis, habría que decir que lo que está de moda no es la nostalgia sino vender cosas viejas. Su posición no es la del antropólogo inocente o la del científico riguroso, sino la de seguir anotando páginas en una mitología tan vieja como el mundo: sostener el ideal de la psicohigiene del amor humano, el ideal de la autenticidad como posible y la preceptiva de no dependencia Una suerte de profilaxis de la dependencia.

¿Se reduce el aporte del psicoanálisis a la elaboración de una mitología más creíble, más laica que la que se presenta como revelada?

Jacques Lacan recuerda en su seminario de la Ética que, ciertamente, Freud no duda, tampoco Aristóteles, de que el hombre busca la felicidad, que ese es su fin. Pero lo decisivo es que para esa felicidad, dice Freud, absolutamente nada está preparado en el macrocosmos ni en el microcosmos. Este es el punto totalmente nuevo.
En primer término, cabe recordar que un psicoanalista no es un señor con barba fumando habanos mientras garrapatea anotaciones furtivas a espaldas de un caballero con recursos, tendido en un diván. Ni una señora con tailleur de Armani que mira perpleja a una paciente aburrida, mientras pregunta: "¿Y a usted qué le parece?". La reducción a la caricatura es un artilugio clásico para ridiculizar lo que se ignora, por intereses que han entrado en competencia.
Es verdad, como afirma Catherine Meyer (editora de "El libro negro del psicoanálisis. Vivir, pensar y estar mejor sin Freud") que "los psicoanalistas ocupan una posición dominante en el universo de la salud mental", sólo si se entiende por dominante que ninguna "terapia" o casi ningún discurso pueden prescindir del recurso al psicoanálisis. No es privilegio de Francia o la Argentina, como asegura Meyer, sino que en los Estados Unidos Freud también ha calado tan hondo en la retórica popular que basta mirar cualquier site.com actual o película hollywoodense para detectar la presencia del psicoanálisis. Pero esto no parece ser un problema mientras se lo pueda seguir usando para componer desde guiones cinematográficos hasta papers para literatos que arman su tesis y filósofos que entretienen a la opinión pública.
El verdadero problema se presenta cuando los psicoanalistas dejan de ser una caricatura de Woody Allen para emerger como lo que verdaderamente son: aquellos que no están dispuestos a cargar con la miseria del mundo en general, pero sí a responder a los que se acercan con sus tristezas, sus desesperaciones, sus dilemas, y tienen alguna intención de afrontar lo que les pasa, en vez de acallar su situación con pastillas o adiestramientos para replicantes de ciencia ficción. Porque no son historias felices las que un psicoanalista escucha.
"¿Exploración indefinida o cura de las mentes con problemas? ¿Disciplina reina del conocimiento de sí o método terapéutico? ¿Desarrollo personal o terapia? Los psicoanalistas han sabido aprovechar esta ambigüedad notablemente", asegura el psiquiatra francés Jean Cottraux en el Libro Negro, apelando a un interlocutor genérico, quien le respondería que el psicoanálisis es, en definitiva, un "conócete a ti mismo". Seria quizás más interesante saber de qué ambigüedad se aprovecha Cottraux como director de la Unidad de Tratamiento de la Ansiedad del hospital de la Universidad de Lyon. Porque los psicoanalistas también están en los hospitales, en las escuelas, en los centros de discapacidad, en los manicomios, en los grupos de emergencias urbanas, en los centros de recuperación de adictos y en todo lugar donde la desdicha mental se pasea. Muchas veces gratis o por un modesto salario, cubriendo equipos enteros de la desmantelada Salud Mental del Estado.
Que los analistas cobren sólo puede ser un escándalo para aquellos que sufren por no poder capturar hasta el último excedente monetario del consumo o para quienes se sientan culpables por ganarse la vida de algún modo. ¿O acaso puede haber alguna comparación entre lo "que gana un psicoanalista que se explota a sí mismo y la acumulación salvaje de los emporios farmacéuticos cuyos chalecos químicos, a la hora de curar, tienen también efectos inciertos?
Pero el psicoanálisis cura. No cura la estupidez, ni tantos otros males. No cura el hambre ni la pobreza, pero cura aquellos que en particular ya reconocen un sufrimiento mental, cuando se dirigen a un psicoanalista. Tengamos en cuenta que la buena voluntad del médico no bastaría para curar a un enfermo que no tomara los antibióticos recetados.
A Freud le importaba poco si el paciente creía o no en el dispositivo analítico, confiaba en la efectividad de su método, y lo invitaba a quien fuera a probar su práctica. Sin duda, no curó a quienes no se entregaron a ella, lo cual dice a las claras que no es una práctica para todo el mundo. No se trata del precio, sino de que alguien se preste a la experiencia, ya que no es suficiente con visitar a un psicoanalista para que la misma sea efectiva. Freud proponía al paciente desplegar un saber desconocido que estaría en la causa de sus padecimientos y, por supuesto, sólo era un medio para la resolución de síntomas. Porque también están los que no suponen ese saber, y por lo tanto no pueden acceder al mismo.
Esto no atañe sólo a los pacientes. Hace alguna décadas el doctor Ricardo Musso enumeró una serie de terapias derivadas del psicoanálisis; terapias de inspiración psicoanalítica, como le gusta llamarlas a Meyer. Pero una terapia de inspiración psicoanalítica no es psicoanálisis, y estas múltiples terapias han sido ya olvidadas o recicladas con distintos nombres. Las TCC (terapias cognitivo-conductuales) se venden como nuevas, pero tienen mucho del conductismo tradicional -que es un método de reeducación cuyos efectos duran lo que cualquier sugestión dura- y nada de las ciencias cognitivas a las que aluden.
Por otra parte, los "novedosos" aportes de Borch-Jacobsen y de Van Rillaer también presentes en el libro negro son escritos que tienen años y cuya novedad responde más a una política sanitaria que a la eficacia de una práctica.
Michel Foucault plantea que la medicalización es una de las estrategias del poder; de los que deciden cómo se considera lo que es patológico o disfuncional, cómo se lo categoriza, se lo nomina y cómo se implementan los modos oficiales de tratarlo y controlarlo. Esto último, muchas veces, en el peor sentido. Pero las nuevas nominaciones no parecen traer mejores soluciones. Es decir, que no se trata de que nuevas soluciones obligan a reformular el problema, sino que se reformulan los términos del problema para adaptarlo a una supuesta solución. Porque es un hecho que en el campo de lo mental es muy poco lo que se sabe de la complejidad que parecería tener esa sofisticada máquina que es el cerebro, y de los modos de incidir sobre ella.
El psicoanálisis está lejos de solucionar estos problemas. Y, por supuesto, las investigaciones anatómicas y químicas no son de su competencia. "El inconsciente es un supuesto que no tiene otra función que la de llenar la brecha entre el cerebro y la vida anímica", escribía Freud en 1915. Pero el psicoanálisis tiene la gran virtud, entre tantas otras, de no suponer que se trata de un aparato simple. Freud introduce la advertencia, más allá de cierto hermetismo fantasmagórico que puedan evocar algunos de sus términos o los de Jacques Lacan, de que el funcionamiento mental es algo muy complejo y profundamente opaco. No cree que lo mental esté producido por una maquinaria sencilla y, por lo tanto, está lejos también de plantear que la solución pueda serlo.
La transformación de un organismo por la incorporación de modificadores químicos es algo tan viejo como la civilización. Freud no lo ignora, e incluso plantea que para muchos es la solución más próxima. El opio, el peyote, el alcohol y un sinnúmero de drogas locales, según cada región y comunidad, fueron y siguen siendo la solución inmediata al "malestar en la cultura", esa discordancia con la realidad que algunos llaman exterior.
Entonces, lo que hay de nuevo es la tecnificación, la industrialización y la medicalización de viejas prácticas tanto como de viejas sustancias en manos de nuevas estrategias de poder que, a decir verdad, también son bastante viejas. Pero parecería que el poder genera cada vez soluciones más sofisticadas al amparo del discurso científico, y las instrumenta para la forma de vida que quiere" imponer como norma general.
Después de todo, la globalización, quizá, no sea más que una nueva nomenclatura para designar el hecho de que cada vez se llega más lejos y en menos tiempo a incidir con la técnica sobre los organismos.
Freud, también en "El malestar en la cultura", un texto mayor según Lacan, introduce el tema del dominio de la naturaleza como otra de las salidas al malestar. No sabemos si sospechó el alcance que esto tendría y el encuentro de estas dos soluciones: la del dominio de la naturaleza a través de la técnica, en tanto modificación del organismo mediante agentes químicos industrializados. El psicoanalista e investigador Germán García, por su parte, al referirse a las ciencias cognitivas, aclara que no se trata de "una" ciencia sino de un pool de disciplinas que ya lleva más de cincuenta años, y que tiene la función de heredar y traspasar los limites de lo que fue el conductismo y la psicología conductista. La gran pregunta que se plantea es si lo ha logrado, y podemos responder que no. Ya que lo que sigue presente es cómo manipular los cuerpos para hacerlos obedecer a requerimientos creados por los imperativos de la época.
Esto no es un llamado al oscurantismo o a que todo tiempo pasado fue mejor, ni a la negación de la verdaderas innovaciones. Simplemente se trata de no comprar cosas viejas con etiquetas nuevas. Productos vencidos a los que se les cambia la fecha para seguir vendiéndolos. Ya Warhol mostró que el packaging es más importante que el producto.
En lo que respecta a la química, sabemos que los avances son muy limitados en relación a los problemas mentales habituales. Y en cuanto a las terapias verbales que se presentan como superadoras del psicoanálisis, suelen ser refritos de un freudismo mal leído y peor practicado, cuando no encontramos la supuesta innovación bajo la figura de las TCC cuyos programas de adiestramiento no conducen a la singularidad de cada uno y cuya eficacia, aún para los modestos propósitos que sus seguidores declaran, tampoco está probada.
Es decir que la política orientada a reducir lo más particular de un sujeto a una patología válida para todos, medible, localizable y objetivamente comprobable, es otro intento de captura por parte del mercado a través de diversas maneras: o bien vendiendo soluciones inexistentes para beneficio de los laboratorios, o bien tratando de conducir a los sujetos a prácticas de condicionamiento rápido al servicio de necesidades creadas por los intereses dominantes.
Si los Servicios de Salud y las empresas de medicina prepaga han encontrado la posibilidad de obtener el mayor rédito al menor costo, a expensas de los profesionales de la salud y de los pacientes, esto no es a causa de la ineficacia del psicoanálisis, que sigue siendo la teoría y la práctica más seria y mejor fundada, a pesar de sus límites. Se debe, en cambio, a que lo que se llama el avance de la ciencia no parece haber resuelto el misterio de la vida anímica, que no es otro que el de la vida misma.
De todos modos, saludo la aparición de El libro negro del psicoanálisis. Los opositores, sin duda, colaboran a la renovación del debate al que el psicoanálisis siempre está dispuesto, esperando que los "misterios", que tanto parecen molestar a los autores de este libro, sean alguna vez develados.

Psicoanalista. Autora de Terapias y Terapeutas. El fin del psicoanálisis no ha tenido lugar (Grama Ediciones, 2005)

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