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Los diagnósticos de la infancia


Por Alicia Alonso

Como recurso referencial, la noción de infancia permite observar distintas biopolíticas y dentro de éstas, el papel que juegan los programas de prevención, el uso de las estadísticas, la regulación pedagógica y los proyectos disciplinarios que sitúan a la infancia como un objeto de medición, produciendo diagnósticos de deficiencia que se convierten en verdaderos destinos sociales. 
Si omitimos los determinismos económicos y culturales que dieron nacimiento al concepto de infancia corremos el riesgo de convertirla en una entidad psicológica autosuficiente. La evaluación empírica lleva la marca ética que no puede borrar el método: diferentes técnicas producen diferentes descubrimientos.(1)
Las nosografías médico psiquiátricas y su nomenclador común, el DSM IV, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, proponen tres ejes para evaluar lo que denominan “trastornos de inicio en la infancia, la niñez o la adolescencia”: 1), desarrollo; 2), capacidades; 3), adquisiciones.
En todos los casos dichos trastornos se convierten en un lugar paradigmático donde las nociones patológicas acompañan las normas y reglas sociales que establecen lo esperable para cada edad de la vida. Los tratamientos propuestos introducen como uno de sus objetivos la adaptación y apelan como criterio de legitimidad y principio apto para fundarse, a un estado de naturaleza y normalidad.
La psiquiatrización abusiva e inquietante de fenómenos sociales lleva a revisar la noción de infancia para no cometer el error de método consistente en considerar como inherente al funcionamiento del deseo un funcionamiento cultural, situado en el tiempo.
En este sentido, nada mejor que el psicoanálisis para atender a la temporalidad y la pulsación del deseo en relación a la constitución anticipada de una instancia, el yo, y un saber que se reprime. Es a ese malestar que responden los síntomas enmascarando un encuentro misterioso, a destiempo. Un comienzo inaugural que no se deja reducir a las terapéuticas de la adaptación.
No se trata entonces de evaluar a niños y niñas en función de los supuestos de una psicología de la maduración, muy por el contrario, en todos los casos, se trata de atender a las peculiaridades de una respuesta que pone en juego la estructura del narcisismo y la pulsión, su trazado y sus vicisitudes, así como el papel de las fantasías y su relación con el placer masturbatorio.
Esto implica dejar de lado el lenguaje como instrumento y privilegiar lo que revela del ser de ese que habla. Los niños y las niñas escuchados por Sigmund Freud tienen un malestar singular: la sexualidad infantil. Si uno no les atribuye actividad sexual alguna –escribe Freud en 1908–, “tampoco se tomará el trabajo de observarla, y por otra parte sofocará de ella las exteriorizaciones que resultaren llamativas. Por eso son muy limitadas las oportunidades de aprovechar esta fuente, la más explícita y generosa.”(2)
Pese al “juicio anatematizador de los educadores”, leemos en el artículo citado, “Sobre las teorías sexuales infantiles”, el esfuerzo de saber no despierta en modo alguno de manera espontánea a consecuencia de una necesidad innata, sino bajo el aguijón de las pulsiones egoístas que gobiernan a niños y niñas. Es bajo la incitación de esos sentimientos e inquietudes que pasan a ocuparse de los problemas de la vida y vivencian la primera ocasión de un conflicto psíquico “desde el cual puede desenvolverse una escisión psíquica”.
Freud explica dicho conflicto en estos términos: “una de las opiniones, la que conlleva el ser bueno, pero también la suspensión del reflexionar, deviene la dominante, conciente; la otra, para la cual el trabajo de investigación ha aportado entretanto nuevas pruebas que no deben tener vigencia, deviene sofocada, inconsciente”. De esta manera, subraya, queda constituido el complejo nuclear de la neurosis.
En ulteriores pasos, los niños son inhibidos por una ignorancia que no se deja sustituir y por falsas teorías que el estado de su propia sexualidad les impone. Su significatividad –concluye Freud– reside en que vuelven a despertar las huellas, ahora devenidas concientes, de ese primer período del interés sexual, de suerte que no rara vez se anuda a esos posteriores empeños del pensamiento para solucionar el enigma sexual “un quehacer sexual masturbatorio y algún desasimiento afectivo respecto de los padres”.
La insistencia de algo inasimilable constituye un punto de opacidad que pone en marcha la actividad investigadora. En todos los casos, la incitación de esa inquietud organiza y promueve un conjunto de relaciones que las fantasías recubren.
En ese pasaje de la insuficiencia a la certidumbre, precipitación y certezas, creencias y deseos aparecerán como consecuencias necesarias y podrán ser interpretados sólo si abandonamos la pretensión de que ciertas conductas tienen un valor aislable de la enunciación en que se insertan.

(1) Este breve comentario sobre los diagnósticos de la infancia surge de la lectura de dos artículos de Germán García. El primero es “El recurso a la infancia”, publicado en Psicoanálisis y el Hospital, Año 6, Nº12, noviembre, Buenos Aires, 1997. El segundo, “Infancia: niños/niñas”, publicado en Psicoanálisis dicho de otra manera, Barcelona, Pretextos, 1983.

(2) Freud, Sigmund, “Sobre las teorías sexuales infantiles” (1908), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu; página 187 y siguientes.

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