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Lo indecible


Por Alicia Alonso

En La interpretación de los sueños, en “Lo inconsciente y la conciencia” (1900-1901), Freud examina las expresiones reprimir (desalojar) e irrumpir.(1) Al hacerlo, rechaza toda idea de un metalenguaje. Desde el punto de vista de la represión, la interpretación está incluida en el concepto mismo de inconsciente, es constitutiva de ese registro, no es de otro orden. 
“Cuando decimos que un pensamiento inconsciente aspira a traducirse en el preconsciente a fin de irrumpir desde allí en la conciencia, explica Freud, no queremos significar que se forme un pensamiento segundo, situado en un lugar nuevo, por así decir una transcripción junto a la cual subsistiría el original.”
Sobre el final del párrafo, concluye con una observación: “Una investidura energética es impuesta a un determinado ordenamiento o retirada de él, de suerte que el producto psíquico en cuestión cae bajo el imperio de una instancia o se sustrae de él. De nuevo sustituimos aquí un modo de representación tópico por uno dinámico. No es el producto psíquico el que nos aparece como lo movible, sino su inervación.”
En una nota al pie explica que el carácter esencial de una representación preconsciente es el enlace con restos de representación palabra. Lo inconsciente, escribe párrafos después, es lo psíquico verdaderamente real.(2)
Freud comienza a examinar las ambigüedades inherentes al término inconsciente anticipando la diferenciación de sus usos: descriptivo, sistemático y dinámico, haciendo de este último el calificativo aplicado a lo reprimido inconsciente.  
La distinción entre actividad preconsciente e inconsciente no es primaria, concluirá en 1912, en “Nota sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis”, sino que sólo se establece después que ha entrado en juego la defensa.(3) Esta última califica una relación con la pulsión, y con ésta, un modo de satisfacción. La energética que Freud describe está marcada por una especificidad que da cuenta de los fenómenos de representación. En este sentido, la operación freudiana tiene siempre una doble incidencia, por una parte, semántica y por otra, económica.
En esta vía, la libido es una cantidad postulada como constante en las operaciones de desplazamiento, condensación y represión. Son esas operaciones y sus efectos, las que rompen con la idea de una representación unificada, y al hacerlo, registran un imposible en el seno mismo de la satisfacción.
El producto psíquico en cuestión, leemos, cae bajo el imperio de una instancia, o se sustrae de él. Las asociaciones, observa Freud tempranamente, desembocan en un punto que puede aislarse por su consistencia como algo imposible de reabsorber. Un núcleo de opacidad que indica el horizonte y el límite del decir. En La interpretación de los sueños identifica ese punto con las metáforas de lo indecible, con una fuerza de atracción que Lacan denomina constante rotacional. Es el ombligo del sueño, el punto más cercano a lo Unerkannt.
En esta perspectiva, el empuje de la represión secundaria y la atracción de la represión primaria, ambas fuerzas, tensan las relaciones entre las formaciones del inconsciente y las zonas erógenas. De un lado lo interdicto o prohibido, y del otro, lo indecible. Eso que se caracteriza por no poder ser dicho está en la raíz misma del lenguaje.(4)
Lo que significa muerte para el soporte somático, dice Lacan en “La escritura del ego”, una de las clases del Seminario 23, tiene tanto lugar como vida en las pulsiones que dependen de lo que acabo de llamar la vida del lenguaje. “Las pulsiones en cuestión dependen de la relación con el cuerpo, y la relación con el cuerpo no es una relación simple en ningún hombre –además el cuerpo tiene agujeros. Es incluso, según la opinión de Freud, lo que habría debido encaminar al hombre hacia esos agujeros abstractos que conciernen a la enunciación de lo que sea.” (5) Freud caracteriza la pulsión por la función de los orificios del cuerpo, por la constancia de lo que pasa en esos orificios que atraen representaciones.
Simultaneidad, multiplicidad, deslizamientos. “El inconsciente de Freud, continúa Lacan, es la relación que hay entre un cuerpo que nos es ajeno y algo que forma círculo, y que es el inconsciente, siendo estas dos cosas de todos modos equivalentes una a la otra." (6)
Ese ombligo del sueño, al que tanto Freud como Lacan volverán en distintos momentos, denota la insistencia de un lugar en el que se asienta lo no reconocido. 
Una falta nunca se produce por azar, explica Lacan en la clase ya citada. “Hay detrás de todo lapsus, para llamarlo por su nombre, una finalidad significante. Si existe un inconsciente, la falta tiende a querer expresar algo, que no es solo que el sujeto sabe, puesto que el sujeto reside en esta división misma que en su momento les representé con la relación de un significante con otro significante.” (7)
La función marcada por el fallo, el defecto, la falta, da cuenta de la vida del lenguaje y renueva la incidencia de un obstáculo. El viviente sobre el que se conecta el sistema simbólico como un parásito produce lo imposible de representar. Lacan abordará este problema por diversas vías.
En un primer momento prioriza la vertiente semántica evaluando la tópica económica a través del registro de lo simbólico, privilegiando una serie de elaboraciones que intentan definir y precisar la noción de satisfacción y el carácter barroco de las formaciones del inconsciente.
En esta perspectiva, la definición del inconsciente estructurado como un lenguaje toma en consideración el eje simbólico como algo que permite explicar la relación entre el sistema de inscripción, el Lust, y el punto alrededor del cual gira.
El principio que opone lo real a la articulación del significante, y sus efectos de sentido y de verdad, focaliza otro aspecto, ligado a la pulsión y la defensa.
Lo simbólico introduce leyes lógicas y un funcionamiento que hace de lo real un término excluido, intruso, que necesita ser ordenado en elementos lingüísticos. El sinthome, leemos en “Nota paso a paso”, introduce la necesidad paradójica de inventar y nombrar lo real distinto de lo verdadero, existente al orden simbólico, sin ley, desconectado, azaroso.(8)

II

Distintos elementos configuran una serie de elaboraciones en un recorrido donde es posible situar la preeminencia de una noción sobre otra. Voy a puntualizarlo de un modo un poco esquemático, útil para ubicar algunos conceptos.
En los años 1957/58, a la altura del Seminario 5 lo esencial de la operación analítica es remitido a la satisfacción implícita en el reconocimiento de la significación de las producciones del sujeto. Lacan promueve el predominio del significante sobre el significado, inscribiendo la dependencia del segundo respecto del primero.
El síntoma moldeado sobre las formaciones del inconsciente se inscribe en el registro de una sustitución. Es una respuesta que descansa en una articulación significante. Una metáfora, y como tal, interpretable, sensible a un desciframiento impensable sin el lugar de una alteridad, el Otro, que valida el conjunto del saber y del código.
Ese sujeto, relativo a la captura de lo simbólico, es el negativo del yo de la relación narcisista. Se trata de un sujeto vacío que es también el negativo de lo imaginario y de lo real, su condición depende de lo que tiene lugar en el Otro, y lo que tiene lugar allí, es articulado como discurso.(9) El significante no se presenta en forma desordenada.
Lacan describe una topología, inaugurada por Freud. El lenguaje constituye un lugar inaccesible que habita al sujeto. El significante es la materia sobre la cual se va a edificar el aparato psíquico. Este punto de partida pone en juego un funcionamiento inédito entre código y mensaje. El significado surge en la articulación significante y el sujeto no puede anticipar ni controlar el sentido que asumirá lo que dice. Lacan antepone el advenimiento de una significación, que constituye el síntoma, concibiendo su aparición a partir de un mensaje emitido fuera del conocimiento del sujeto. En dicha significación es posible reconocer la presencia de una intencionalidad inconsciente correlativa del retorno de lo reprimido.
Lo simbólico da cuenta de una incompatibilidad con la conciencia. La represión concierne a la cadena del discurso, es una resistencia a la retroacción de una verdad que disimula lo real. En este sentido, descifrar el inconsciente es restituir un significante que no está a disposición del sujeto. El síntoma que se deja descifrar según el modelo de las formaciones del inconsciente plantea la represión en términos de representación.
Al privilegiar la escansión en desmedro de los efectos de sentido, Lacan se dirige a un terreno que no es el de la represión. Coloca lo real fuera del alcance de lo que es del orden del discurso y apunta a una operación que no recae sobre un significante. La estructura topológica, con la que lo real viene a primer plano, otorga un nuevo valor no sólo a lo simbólico, sino fundamentalmente al sujeto y al inconsciente.(10)

(*) Miembro del Centro Descartes, coordinadora del Equipo temático “Psicoanálisis y lingüística”; integrante de la Comisión de organización y supervisión de Atención Analítica.

(1) Freud, Sigmund, La interpretación de los sueños, Bs. As., Amorrortu, tomo V, 1982; página 598.

(2) Op.cit, página 600.

(3) Freud, Sigmund, “Nota sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis”, Bs. As., Amorrortu, tomo XII, 1988; página 265.

(4) García, Germán, “La experiencia analítica. Tiempo, silencio, palabra”, curso/2001; sigo aquí los desarrollos de la clase del mes de noviembre, publicada en la página de la Fundación Descartes, www//descartes.org.ar, así como en Etcétera nº29, y en La revista del psicoanálisis nº 18.

(5) Lacan, Jacques, El seminario 23: El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006; página 146.

(6) Op.cit, página 147.

(7) Op.cit, página 145.

(8) Miller, Jacques-Alain, “Nota paso a paso”, en El seminario 23: El sinthome, Bs. As., Paidós, 2006.

(9) Lacan, Jacques, “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, en Escritos, Bs. As., Siglo veintiuno, 1987.

(10) Miller, Jacques-Alain, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, Bs. As., Paidós, 2003.

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