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Las entrevistas preliminares


Por Alicia Alonso

En un artículo publicado en 1913, Freud escribe que tiene la costumbre de aceptar provisionalmente a aquellos enfermos de quienes sabe poco y explica que emprende ese sondeo a fin de tomar conocimiento del caso y decidir si es apto o no, para el psicoanálisis.(1) La iniciación del tratamiento con un período de prueba, fijado en algunas semanas, tiene una motivación diagnóstica que brinda, además, un panorama sobre el juego de fuerzas que ponemos en marcha mediante el tratamiento psicoanalítico.

Quizá sea esto lo que constituye la diferencia más notable que podemos marcar en relación a otras terapéuticas. En todos los casos, Freud promueve el discurso de sus pacientes para comenzar a indagar “la atemporalidad de los procesos inconscientes”, “el rehusamiento a las ocurrencias” y “la resistencia transferencial”. Ese ensayo previo –subraya– es el comienzo del psicoanálisis y debe obedecer a sus reglas.

Algunos años después, a partir de una serie de observaciones, Freud explica que el análisis se descompone en dos fases nítidamente separadas.(2) En una primera fase, “el médico se procura los conocimientos necesarios acerca del paciente, lo familiariza con las premisas y postulados del análisis y desenvuelve ante él la construcción de la génesis de su sufrimiento”. En una segunda fase, es el paciente mismo el que se adueña del material y trabaja con él.

Freud compara estas fases con dos tramos correlativos a un viaje. El primero comprende todos los preparativos necesarios hasta que alguien “pone el pie en el andén y consigue su lugar en el vagón”. Recién ahí tiene el derecho y la posibilidad “de viajar hasta ese lejano país”. Sin embargo, tras todos esos trabajos previos no se ha avanzado un solo kilómetro hacia la meta. “Aún es preciso hacer el viaje mismo de una estación a la otra, y esta parte del viaje es bien comparable con la segunda fase.”

Las entrevistas preliminares, expresión que corresponde a Jacques Lacan, marcan el inicio de la experiencia analítica e instalan una discontinuidad, un corte, entre la queja por la que alguien se dirige al psicoanálisis, y la manera en que ésta se transforma al dirigirse a un psicoanalista. En ese lapso de tiempo preliminar del análisis, Lacan incluye un tipo de interpretación designada como rectificación subjetiva. La describe diciendo que corresponde a la primera inversión dialéctica operada por Freud en el caso Dora, y consiste en introducir al paciente en un primer discernimiento. Años después hablará de histerización del sujeto.

En términos analíticos, se trata de un período propicio para indagar a qué atribuye el sujeto lo que le sucede, así como para establecer la pregunta sobre el sentido del deseo que emerge más allá de una demanda de normalización, o de reconciliación. 

Polo de atribución –según dice Lacan–, el sujeto es también el punto de articulación de una respuesta, donde se ponen en juego goce, placer y deseo. En este sentido, el diagnóstico, en la práctica analítica, no está separado de la localización subjetiva, y tiene, como referencia ineludible, la posición que alguien adopta respecto a sus dichos. De hecho, a lo largo de ese tratamiento preliminar, también se pone en juego la modalidad de la relación del sujeto con el Otro, así como con los otros a los cuales se dirige, pudiendo observar qué evaluación hace de sus capacidades, y de su ser, en comparación con un ideal que le sirve de medida.

En efecto, las entrevistas preliminares son el terreno propicio para detectar fenómenos que conciernen al sentido y a la verdad, experiencias que pueden presentarse como inefables, inexpresables, o experiencias de certeza con respecto a la identidad, la hostilidad o la significación. Así como fenómenos que conciernen al cuerpo (descomposición, despedazamiento, separación, extrañeza), manifestaciones de automatismo mental, distorsión temporal o dislocamiento espacial.

En todos los casos, las entrevistas instalan un automaton sobre cuyo fondo es posible inscribir una interpretación que transforme el sentido de una escena. Perturbándola, introduciendo otra escena donde el sujeto se localiza ubicando un punto de referencia que le permite tomar distancia en relación a sus dichos y su posición. La implicación subjetiva supone también la particularidad del encuentro, y el reconocimiento del sujeto en aquello de lo cual se queja. Para que un psicoanálisis comience tienen que ponerse en juego los significantes que plantean un saber que ponga en duda las razones del sujeto. A eso llama Lacan confrontar al sujeto con su propio decir, implicarlo en aquello de lo cual se queja.

Entre las palabras de un pedido puede leerse la inquietud de sí que se encarna en cada singularidad, excediendo el pedido mismo. Por esta razón es preciso que esa queja se transforme. La posición del analista debería conducir a la experiencia de una invención para que lo excluido de sí, temible o doloroso, salga del impasse y retorne en otra escena.



(1) Freud, S., “Sobre la iniciación del tratamiento: Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis” (1913), en Obras Completas.

(2) Op.cit., “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina” (1920).


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